domingo, 20 de mayo de 2007

Argentino en su casa y en la oficina



En su casa:
Si vive en el último piso, al bajar del ascensor no ingrese a su departamento sin antes llamar al resto de los ascensores. A quienes ingresen al edificio después que Ud., la espera les servirá para reflexionar acerca de lo acontecido en el día.
Si por el contrario vive en el primer piso, llame también los ascensores, ésto le permitirá retribuir a su vecino del piso alto, al brindarle un momento extra para planificar las actividades del día.
Saque la basura cuando se le antoje: Sus impuestos pagan un ejécito de lacayos que la recogen en todo momento.
Decir "Buen Día", "Permiso" y "Gracias" ya pasó de moda.
Las ventanas se inventaron para no tener que poner tachos de basura en toda la casa. Es muy pero muy gracioso arrojar elementos contundentes desde el balcón.
Dentro de su casa puede Ud. andar en pelotas, aun con todo abierto total si el vecino de la ventana de enfrente ve algo que le incomoda es culpa suya por mirar a su casa.

En la oficina:
Tenga en cuenta que las cerraduras fueron inventadas por un resentido social que quería inventar una prueba de ingenio. Cuantas más violente más vivo será.
Todo es propiedad publica, aun las pertenencias de los que trabajan allí.
Se olvidó de comprar cigarrillos? No importa: Siempre hay otro amable fumador al que no le cuesta nada sostenerle el propio vicio durante 8 o 9 horas.
Si no fuma moleste insidiosamente al fumador con constructivos comentarios acerca de que fumar produce cáncer, etc...
Si Ud. fuma, puede vengarse: Cierre todas las ventanas y fúmese un paquete entero a su lado.
Su tarea es una de las más importantes.
Su tarea es vital para el desarrollo del trabajo de la oficina.
Ud. es indispensable.
Si Ud. se muere, hay que cerrar la oficina.
Ud. es un dios!!!
Los comentarios del tipo: "Que mal te ves", "que feo te queda" o "que pelotudo que sos" ayudan a fortalecer la autoestima del receptor del mensaje.
Es perfectamente válido hacerle notar a una compañera que ha engordado.
Hable a los gritos, así todos lo oirán y alguno puede que le conteste.
El encargado de la limpieza es su esclavo. Haga toda la basura que pueda; para él, limpiarla es un placer.
Todo está permitido, no hay que pedir permiso para nada.

viernes, 11 de mayo de 2007

"Yo, Pesado" Momentos Cumbres II


The PPPPPPPPower of Christ Compels You.
*Clase de Historia de 4to Año: Mientras me batía en duelo con unas inexplicables ganas de redecorar el aula en tonos marrones, levanto la mano para suplicar me dejen correr al baño. En el intento de llamar la atención, se me engancha una nalga con el pupitre. Literalmente, opaqué al león del circo rodas con un rugido que no salió de mi boca.
Profesora: Los que no hayan traído la línea de tiempo, mejor que la vayan haciendo...
Mi ano, el rey de la selva: PRRRRRRRRRRGRAAAAAAAAAAAWRRRRR
Yo: por el amor de dios...
RISAS GENERALIZADAS, todos señalándome.
Profesora (sin haber escuchado mi aullido intestinal y pensando que había dicho alguna pelotudez): Repetí lo que acabas de decir.
LOS QUE ANTES REIAN AHORA SE REVUELCAN POR EL PISO, AUN SEÑALANDOME.
Yo: No puedo :S
Profesora:Repetí lo que dijiste o te vas a dirección.
Yo: Mire, evitemos problemas. Se me escapó un gas sin querer. Luché con él hasta que casi se me ernia el cólon, pero por un mal movimiento me sacó ventaja y salió a los pedos... Fue sin intención, soy un ser humano, y no va a volver a pasar.
Me puse colorado. Pero sabía que mis argumentos eran válidos.
Profesora: ...
Aula: ...
El insistente de mi recto: Piiiiiiiiiii iii ii............... ii.
Yo: Ok, si el director me busca estoy en el baño. Perdí el control de mis esfínteres. Mi culo había derrocado a mi cerebro. Mi cuaderno de comunicaciones llevaba ahora la dedicatoria: “Se le llamó la atención sin sanción por defecarse en módulo de Historia, faltándole el respeto a la profesora y a sus compañeros”. Increíble, más que nada viniendo de puño y letra de un Director apellidado “Gassman, Mario”.
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Yo: Dios... que al pedo... literalmente.. que esta el demonio.
Satán: EL ángel oscuro se manifiesta de forma misteriosa. Puede ser una flatulencia, un accidente de trenes, o incluso, puede ser una desventura amorosa...

viernes, 4 de mayo de 2007

Argentino al volante



En una autopista la regla numero uno es mantenerse en el carril izquierdo todo el tiempo que sea posible, y si alguien osara hacerle luces mírelo con odio por el espejo retrovisor.
Si el auto de atrás insiste chupándose a 2 mm de nuestro paragolpe trasero, la solución es simple, clávele los frenos, y así le mostrará de quien es ese carril.
Si usted está manejando un Fiat 600 a gas y ve un Mercedes 500 por el retrovisor que le hace luces, ni se le ocurra dejarlo pasar, él tiene que pasar por la derecha ya que debería tener en cuenta lo que a usted le costó llegar a la impresionante velocidad de 97 Km/h!
Si Ud viaja comodamente en su BMW, Mondeo, Laguna o similar auto de alta gama, por una ruta a 100 Km/h, (siempre por el carril izquierdo obvio) y un auto viejo o de baja cilindrada le hace luces, no es que el quiera pasarlo, solo lo está saludando, no se olvide que esos autos de crotos nunca podrían pasar a una máquina como la suya, así que permanezca en su carril y si lo desea acelere a 160 Km/h para mostrarle a ese ratonazo la máquina que tiene y luego vuelva a la velocidad a la que venía inicialmente.
Moleste sistemáticamente al que viene detrás, a la vez que hace luces y toca bocinazos al de adelante: Usted es superveloz y nadie lo puede superar.
El momento indicado para abandonar el carril izquierdo es 400 metros después de ver el cartel que indicaba que faltaban 500 m para nuestra salida, en ese momento simplemente se apunta la trompa del auto a la bajada y listo.
La palanca de las luces de giro solo fue puesta para completar la simetría con la de el limpiaparabrisas.
El uso indiscriminado de la bocina es capaz de liberar el tráfico de cualquier avanida a las 6 de la tarde.
Nadie conduce mejor que usted.
La ley de la Masa es perfectamente válida. Por ejemplo: Si Ud. viene circulando en una camioneta Dodge Modelo 69 y por la derecha aparece su "oponente" tripulando un Twingo, quien tiene derecho de paso?.. acertó!!
La prioridad de paso en esquinas para el que va por la derecha es un mito, la regla verdadera es: vehículo grande vs vehiculo chico, paso para el grande, vehículo viejo vs vehículo nuevo, paso para el viejo y ante empates, acelere, el otro frenará para dejarlo pasar.
Lea la nueva ley de tránsito: Las bicicletas, ciclomotores y motos pueden circular como se les cante y en el sentido que se les cante.
El peatón no tiene derecho a nada, pero cruza por donde quiere. Si tiene la cuota del seguro al día, píselo, eso le enseñará a respetarlo.
Las rayitas blancas en la esquina son para decorar el asfalto. No se sabe quién fue el irresponsable que les dijo a los peatones que deben cruzar por allí.
El del auto de al lado es su enemigo mortal.
Los fabricantes de autos cometieron una total incoherencia: Poner tres pedales cuando la gran mayoría de los conductores tiene solo dos patas! No se confunda: Suprima el del medio.
Encender las intermitentes (baliza) lo habilita a hacer cualquier cosa que se le ocurra. No colocarlas, también.
La luz roja del semáforo indica PELIGRO. Acelere a fondo y sálgase de allí cuanto antes.
Cuando el muñequito empieza a titilar, ponga primera y empiece a adelantarse, no vaya a ser cosa de que el de al lado le gane.
Cuando la barrera baja, JAMÁS respete la fila; eso es cosa de nabos, adelántese en contramano hasta donde pueda y ponga su vehículo en diagonal, así logrará la POLE POSITION que solo Ud merece, no olvide que siempre habrá un boludo que lo dejará pasar.
Si tiene que doblar en una doble mano a la izquierda, simplemente deténgase y doble, los de atrás saben que Ud vive a dos cuadras de allí y que todos los días lo hace.
Si está manejando un TAXI, estos consejos están de más, ya que Ustedes lo saben TODO, además las reglas de tránsito las crearon ustedes y no existe nada en el mundo más importante a que logren subir un pasajero, así que suerte y que a nadie se le ocurra apurarlos cuando están en esa tarea tan importante para nuestra sociedad. Qué sería del tránsito sin taxistas!!! GRACIAS.
Las ambulancias, bomberos y policía pueden esperar. Nadie en el universo tiene tanta necesidad de llegar a destino como Ud.
En el podio están Fangio, Traverso, y Ud (Ud. en el medio, obvio).

domingo, 29 de abril de 2007

Querés un mate??


El mate no es una bebida.
Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida.
En este país nadie toma mate porque tenga sed
Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate provoca exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa, la primera frase es "hola" y la segunda "¿unos mates?".
Esto pasa en todos los hogares, ya sean ricos o pobres.
Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros.
Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara.
Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar.
En verano y en invierno.
Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide.
Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes.
Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate.
Se te sale el corazón del cuerpo.
Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón...
Cuando conocés a alguien, lo invitás a compartir unos mates.
La gente pregunta, cuando no hay confianza: "¿dulce o amargo?". El otro responde: "como tomes vos".
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba.
La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas.
Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da.
La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular.
Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres.
Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos.
No es casualidad. No es porque sí.
El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma.
O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.
Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez unos mates solos.
Pero debe haber sido un día importante para cada uno.
Por adentro hay revoluciones.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores...
Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena.
La charla, no el mate.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma y viceversa.
Es la sinceridad para decir: "¡basta, cambiá la yerba!".
Es el compañerismo hecho momento.
Es la sensibilidad al agua hirviendo. Es el cariño para preguntar, estúpidamente, "¿está caliente, no?".
Es la modestia de quien ceba el mejor mate.
Es la generosidad de dar hasta el final.
Es la hospitalidad de la invitación.
Es la justicia de uno por uno.
Es la obligación de decir "gracias", al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir.
Ahora vos sabés: un mate no es sólo un mate...

jueves, 26 de abril de 2007

Puto el que lee esto!!!


Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto." Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches." Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
"Puto el que lee esto."
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola".
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto." Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.


Roberto Fontanarrosa

lunes, 23 de abril de 2007

Necrofilia


Quien no recuerda a este personaje tan simpático de la infancia... Lo que no todos saben es su lado oculto, la NECROFILIA.
La necrofilia es una orientación sexual caracterizada por una atracción sexual hacia los cadáveres. "Ahora entiendo!" diran muchos, recordando frases como "recuerdame que te asesine" o "cuando te mueras te hago la cola" este último lo dice en un capítulo prohibido en 156 paises.
Acá les dejo un videito recomendado por el amigo kato para que vos papá o mamá le puedas explicar a tu hijo de esta terrible orientación.


Adios hasta otra publicación.

martes, 3 de abril de 2007

1982



Esta es mi vida tan difícil de vivir.
Y tan ajena a la del pirata ingles.
Yo soy piloto, nunca fui un represor.
Yo me aliste por mi patria y el honor.

Me entrené para atacar en "pucará"
Mi sublebada soledad...
Sonrisa complise que brilla en el radar
El "exocet" viaja certero en alta mar.

Me empujaron a la fuerza hasta el cuartel
Dejé tan lejos mi querido Tucuman.
Me sortearon y la suerte estaba ahi
muertos de hambre y sin abrigo que poner.

Holocausto de una sinfonia mortal
juntando los pedazos de mi amigo muerto
pie de trinchera, maldito hambre
la desigual lucha de siempre en este enjambre.

82!! EL ENCUENTRO CON LA MUERTE
82!! CAMBIÓ MI VIDA Y MI SUERTE
CON LA TATCHER POR UN LADO
CON GALTIERI EMBORRACHADO
Y LA MUERTE DE SOLADADOS EN EL SUR

Ya disparé contra el "Sheffield" un misil
y dos "SEA HARRIER" me persigen a las seis
se derrama sobre la fragata gris
la sangre negra del imperialismo ingles.

Me ametrallaron cuando solo atine
a enyectarme y saltar del "pucara"
digno es morir por la patria y el honor!
¡Digno es el odio con que hundi el buque ingles!

Yo queria echar raices y un hogar
y ahora vivo con la muerte militar
entre cobardes oficiales por detras
y soldados en el frente con honor.

Avanzó mi batallon de dos en dos
como cadáveres filosos
¿donde esta dios? que permitió
500 años de reputa invasión!!

82!! EL ENCUENTRO CON LA MUERTE
82!! CAMBIO MI VIDA Y MI SUERTE
CON LA TATCHER POR UN LADO
CON GALTIERI EMBORRACHADO
Y LA MUERTE DE SOLADADOS EN EL SUR

Nunca se olviden de la gente que luchó
y murió allá en malvinas
los gloriosos combatientes en el sur
que comparten la locura y el dolor
lejos de casa holocausto militar
ISLAS MALVINAS...Son ARGENTINAS!!!

Caí inconciente y mi pierna se quebró
agonia entre las rocas de malvinas
veo uniformes que se vienen hacia mi
seran los "GURKAS" de regreso que caminan
abrí mis ojos en la desolación
"colimbas" degollados en el frio mar
destruccion, sangre y poder
rie la muerte, negociado militar!

Lo encontre medio muerto al aviador
un piloto argentino que me dijo:
-te debo una, hermanito!- susurró
Dios te de suerte mi hermano del dolor
tal vez salgamos vivos de este infierno
tal vez seamos amigos con el tiempo.
Y así contar lo que pasó
y compartir esta desgracia de los dos.

82!! EL ENCUENTRO CON LA MUERTE
82!! CAMBIO MI VIDA Y MI SUERTE
CON LA TATCHER POR UN LADO
CON GALTIERI EMBORRACHADO
Y LA MUERTE DE SOLADADOS EN EL SUR


1982: esta es la historia de dos hombres de
distinto origen pero con el mismo destino,
uno, el piloto del "pucara" que elijio ir a
la guerra por conviccion y el otro, el colimba
que fue sorteado y llevado a la fuerza por su
condicion de soldado raso y tuvo que pelear
con lo que tenia para ellos, quienes padecieron
esta guerra desigual, nuestro mayores respetos.

DEDICADO A MI PAPÁ MI HÉROE DE MALVINAS.
Ninja!